Allen Iverson: el Mesías de una generación

Llegó a la NBA como número 1 del mejor Draft de los 90 y abanderó un estilo del que la propia liga quiso rehuir.

La pasada madrugada los Philadelphia 76ers rindieron debido homenaje a la última leyenda de su dilatada historia. Allen Iverson veía ascender su número 3 a lo más alto del Wells Fargo Arena entre aplausos, vítores y rodeado de parte de la más selecta élite de la historia de la liga. Su nombre se sitúa ya a camino entre el mito y la devoción. La de toda una generación de aficionados y jugadores que vieron en él al Mesías de una nueva NBA que rompía con el pasado.


El 6 de junio de 2001 Allen Iverson tocaba el techo de su carrera como jugador de la NBA. Anotaba 48 puntos en casa de los actuales campeones, Los Angeles Lakers. Era el primer partido de las Finales de aquel año en que él se había coronado como el mejor jugador de la temporada con unos promedios de 31,1 puntos de partido. A 48 segundos del final de la prórroga, Iverson colocaba a su equipo cuatro puntos arriba después de destrozar a Tyronne Lue, al que envió al suelo tras un crossover. Como parte de su trash talking, AI3 miró a los ojos a su víctima y pasó por encima de su rival, que aún no había podido volverse a poner en pie. Aquello reflejó como nadie el momento cumbre de este jugador: tenía a la NBA a sus pies.

Lakers remontaron aquellas Finales para vencer 4-1 y la carrera de Iverson, inevitablemente, nunca volvió a ser igual. Este pequeño escolta en un cuerpo de base, ya incluso demasiado bajo para la NBA del momento, se había forjado en los suburbios de Hampton, Virginia, una de esas ciudades donde si naces en el lugar equivocado estás destinado a dos salidas: o la muerte prematura o a pasar tus días en la cárcel. Como jugador de instituto fue un auténtico fenómeno local. Incluso cuando fue condenado tras una pelea en un local de bolos con un grupo de blancos, la ciudad se volcó para que pudiera seguir jugando. Era un fenómenos de masas.

Llegó a la NBA como número 1 del que posiblemente sea uno de los mejores Drafts de la historia de la NBA. Y sin saberlo entonces estaba comandando a una nueva generación de jugadores. No fue el primero, pero sí su mejor representación. Colocó sus 'cornrows', aquel peinado que pobló la NBA de principios del nuevo siglo y fue llenando su cuerpo de tatuajes. Así forjó su imagen de chico malo de la liga. Pero a diferencia de otros él lo conseguía a cambio de anotar 30 puntos por partido o llevar a su equipo a unas Finales 18 años después. Su imagen protagonizaba spots, cubría carpetas y su camiseta se vendía en cada rincón del mundo. Tenía a la NBA a sus pies.

Pero su carácter nunca se corrigió. Criticó hasta la extenuación a su entrenador Larry Brown, el mismo que le había construido un sistema y un equipo a su medida, donde explotar sus virtudes y donde sus defectos no se mostrasen muy evidentes. Salió de Philadelphia rumbo a Denver a acompañar a una estrella en ciernes y ni aún así cambió un ápice de su juego en busca del bien común. Deambuló como alma en pena por Detroit y, ya en la decadencia más absoluta de su juego, fue incapaz de adaptarse a un rol como veterano sexto hombre en unos Grizzlies del que huyó por no recibir los minutos que él pensaba merecía. Jugó en Europa, sin demasiado éxito, y volvió a Philadelphia, su casa, donde puso fin a su carrera sin aplausos ni despedidas formales.

Porque así fue Iverson: egoísta y genial a partes iguales. La pelea del Palace de 2004 puso el dedo acusador de Stern sobre toda una generación de jugadores criados bajo la teta del rap, de gangstas llenos de tatuajes y cadenas de oro colgando del cuello. Y Iverson era visto como el mayor culpable de aquella expansión que la NBA consideró culpable de todo. Se pusieron límites a la moda y nació la segunda Edad de Oro de la NBA. Ni siquiera en eso Iverson pudo ganar. La liga le adaptó como salvador tras el 'lockout' del 99 y engalanó las casas de medio mundo con su bote y su endiablada velocidad. Pero renunció a él al primer momento en que todo se torció.

Por eso hoy, con el número 3 de Iverson colgado del pabellón de una de las franquicias con más y mejor historia de la liga, su legado debe ser estudiado con minusioso detalle. Iverson nunca defraudó a su gente. No logró un anillo, pero dejó muestra de que hay jugadores y personas que pueden cambiar el mundo con su sola presencia. El mito de Iverson, que ingresará en el Salón de la Fama en unos años, vive ahora su partido más difícil, aquel en que cada día que pase es un día ganado a la vida. Su leyenda pervivirá por siempre congelada en aquel recuerdo de una noche de Junio, cuando Allen Iverson tuvo al mundo a sus pies.

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