Connecticut y Kentucky, una final histórica

Será la final con mayor afluencia de espectadores de la historia con 79.444 espectadores.

El AT&T Stadium de Arlington, Texas, acogerá esta noche (3:00 hora española) ante casi 80.000 personas, la cifra más alta de la historia, la gran final del baloncesto universitario estadounidense. Se enfrentan dos equipos con trayectorias muy desiguales esta temporada, Connecticut Huskies y Kentucky Wildcats, en una final que nadie habría pronósticado hace un mes. Se trata además de una final que hará historia, ya que nunca dos equipos con un seed (número de cabeza de serie) tan bajos se han jugado el título en una final.

Los Huskies de Connecticut partieron como número 7 de su región y se deshicieron de St. Joseph's, Villanova, Iowa State, Michigan State y Florida, en un camino donde ningún equipo de bajo nivel se le ha puesto por delante. De hecho, su partido más complicado fue en primera ronda ante los Hawks, donde tuvieron que remontar una diferencia de diez puntos hasta forzar la prórroga. Kevin Ollie, exjugador del equipo en la segunda mitad de los 90, ha sabido mantener el legado baloncestístico de su antecesor, el mítico Jim Calhoun, dotando al equipo de un nivel defensivo muy elevado. En ataque, el peso recae sobre Shabazz Napier, líder del equipo y uno de los supervivientes del equipo que en 2011 ya venciera a Butler en la final.

Los Huskies cuentan con un equipo bien dotado físicamente, con DeAndre Daniels o Lasan Kromah por dentro y Ryan Boatright principalmente por fuera, que dificultan la línea de pase y cierran la zona, donde resulta muy difícil anotarles. En ataque dependen de la inspiración de Napier, un pequeño base rápido e inteligente que ha remontado su trayectoria universitaria esta temporada tras un pequeño atasco. Pueden anotar desde fuera o en penetración, donde además es muy inteligente para doblar el balón al compañero mejor situado. Suya es la responsabilidad del equipo.

En frente tendrán a Kentucky, un conjunto que a principios de temporada nadie daba fuera de la Final Four y que a día de hoy ha supuesto una sorpresa. Los Wildcats no han tenido una buena temporada regular, con victorias muy decepcionantes ante equipos de nivel más bajo, pero ha sido en el momento de la verdad cuando Calipari ha sabido dar con la tecla. Con un equipo excesivamente joven (tradición en los Wildcats los últimos cuatro años), su superioridad física con cualquier rival de la NCAA le convierten en un entramado defensivo que gusta de salir al contraataque, donde son casi imparables.

Hombre por hombre, Kentucky cuenta con más talento que sus rivales. El anzuelo NBA sigue sirviendo a Calipari para reclutar a los mejores jugadores de instituto del país y nombres como Julius Randle, James Young, los hermanos Harrison o Cauley-Stein lo atestiguan. Son más rápidos y más fuertes que sus rivales y su defensa de la línea de pase y su predisposición a correr tras rebote obligan al rival a un esfuerzo mental durante 40 minutos. Y cuidado con los finales apretados, donde Aaron Harrison ya ha ganado él sólo tres partidos este torneo.

Un número 7 y un número 8 regional. Nunca dos equipos sumaban una cifra tan alta en una final universitaria. Si los Wildcats vencieran supondría su noveno título e igualaría a la Villanova de 1985 como el equipo con el número de cabeza de serie regional más bajo en ganar la NCAA, aunque las circunstancias a principios de temporada les daban como los máximos favoritos. Los Huskies buscan su cuarto campeonato, el primero sin Jim Calhoun en el banquillo y con un entrenador (Ollie) que se estrenaba en un Torneo Final. El mayor espectáculo del baloncesto toca hoy a su fin coronando al mejor equipo del año.

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