Grigonis destapa el distanciamiento de Ataman
Marius Grigonis ha regresado al Žalgiris Kaunas tras cuatro temporadas en el Panathinaikos y ha revelado en una entrevista los detalles de su relación con el entrenador Ergin Ataman, caracterizada por la falta de comunicación y un trato distante hacia los jugadores.
El base lituano Marius Grigonis ha concedido declaraciones a la página oficial de su nuevo club en las que describe con crudeza su experiencia bajo las órdenes de Ergin Ataman en el Panathinaikos. Tras cuatro temporadas en Atenas, donde el equipo atravesó desde momentos de incertidumbre hasta conquistar un título de la Euroliga, Grigonis ofrece una perspectiva reveladora sobre el estilo de gestión del técnico turco y su particular forma de relacionarse con la plantilla.
Un entrenador que se distancia de sus jugadores
Cuando se le preguntó directamente si había logrado desarrollar una buena relación con Ataman, la respuesta de Grigonis fue sorprendentemente tajante. El lituano expresó que le gustaría encontrar al menos un jugador que mantuviera una relación positiva con el entrenador, señalando que este adopta deliberadamente una postura de distanciamiento total respecto a la plantilla. Según Grigonis, no existe comunicación real entre Ataman y los jugadores, una característica que define fundamentalmente su método de trabajo en el banquillo.
Esta distancia se hizo especialmente evidente durante la última temporada de Grigonis en el club ateniense. Tras una prolongada ausencia causada por problemas de espalda, el base lituano regresó al equipo, pero encontró dificultades para recuperar un rol significativo en la competición de Euroliga. Durante ese período, Grigonis apenas disfrutaba de protagonismo, jugando un promedio de tan solo cinco minutos por encuentro, lo que limitaba enormemente sus oportunidades de diálogo con su entrenador sobre su situación dentro del equipo.
Sorpresas de última hora y ausencia de planificación
Grigonis relató anécdotas que ilustran el peculiar funcionamiento del Panathinaikos bajo las órdenes de Ataman. El base explicó que en ocasiones terminaba una sesión de entrenamiento, se marchaba a casa y recibía posteriormente una llamada indicándole que debía dirigirse al aeropuerto porque lo necesitaban para el siguiente partido. En otras ocasiones, llegaba al vestuario apenas veinticinco minutos antes del inicio del encuentro y solo entonces le comunicaban que iba a jugar, entregándole su uniforme en el último momento.
Estas circunstancias reflejaban una dinámica de incertidumbre constante que caracterizaba la vida de los futbolistas bajo este sistema de gestión. A pesar de la frustración que estas situaciones generaban, Grigonis decidió mantener una actitud profesional. El lituano afirmó que su enfoque fue pragmático: estaba en el club para realizar su trabajo y cumplir con su contrato ayudando al equipo en lo que fuera necesario. Aunque reconoció haber expresado sus quejas y opiniones en múltiples ocasiones, siempre estuvo disponible cuando lo requirieron.
Del caos inicial a la gloria de la Euroliga
La experiencia de Grigonis en Atenas fue marcada por extremos emocionales intensos. Cuando llegó al Panathinaikos, el club atravesaba un período especialmente complicado. El ambiente en el vestuario era hostil, con enfrentamientos constantes entre los jugadores. Las críticas de la afición también eran implacables; los seguidores insultaban a los futbolistas en la calle, les escupían y les dirigían palabras ofensivas. El entrenador, por su parte, tomaba decisiones que generaban aún más tensión, dejando fuera del equipo a jugadores de manera que exacerbaba los conflictos internos.
Sin embargo, apenas un año después, la transformación fue radical. El Panathinaikos había conformado una plantilla reforzada con jugadores de gran calibre y logró conquistar el título de la Euroliga. El mismo ambiente que había sido prácticamente insoportable se convirtió de repente en un escenario de euforia absoluta. Grigonis resumió esta metamorfosis con una frase elocuente: en un año lo insultaban por la calle, y al siguiente lo llevaban en hombros celebrando la conquista de la Euroliga.
La intensidad del baloncesto en Atenas
El lituano también reflexionó sobre la particular intensidad con la que se vive el baloncesto en la capital griega. Aunque reconoció que en Kaunas y alrededor del Žalgiris existe un fanatismo notable, Grigonis enfatizó que en Atenas todo alcanza otro nivel completamente distinto. Describió a los aficionados del Panathinaikos como realmente apasionados, señalando que su fervor no requiere de estímulos externos como el alcohol para manifestarse; simplemente es su naturaleza inherente como seguidores del baloncesto.
Esta intensidad, combinada con la volatilidad emocional de los resultados deportivos, creó un entorno único donde los jugadores experimentaron los extremos de la crítica despiadada y la celebración desenfrenada. Para Grigonis, esta etapa en Atenas dejó una huella profunda, marcando su carrera profesional con una experiencia que va más allá del simple desempeño deportivo, tocando aspectos psicológicos y emocionales que solo se pueden vivir en ambientes tan apasionados.