Los puntos y factores a favor de Andrew Wiggins son bastante obvios. Con el status de ser el número uno del Draft de 2014, el alero lideró a todos los novatos en anotación por partido (16.9) con un margen considerable sobre sus más próximos perseguidores y ha sido el vigésimo máximo anotador de toda la liga con 1.387 puntos, empatado con John Wall. Además, el jugador fue elegido el MVP del Rising Star Challenge del mes de febrero y ha sido uno de los rookies más espectaculares del año por sus constantes y fantásticos mates.
En unos Wolves huérfanos tras la salida de Kevin Love en el traspaso que desencadenó en su llegada a Minnesota, Wiggins ha aprovechado las ausencias a largo plazo de Nikola Pekovic, Ricky Rubio, Shabazz Muhammad y Kevin Martin para erigirse como el principal referente ofensivo del equipo, siendo el segundo jugador de la liga con más minutos disputados por encuentro (36.2), lo que le ha permitido tener un gran año de adaptación a la NBA.
Además, la lesión para toda la campaña de Jabari Parker, su gran competidor por el galardón, le ha abierto las puertas al premio al Rookie del Año, aunque le ha salido un duro competidor en la figura de Nikola Mirotic.
Aunque todo pueda parecer muy bonito, la realidad es que la candidatura de Andrew Wiggins también presenta varios handicaps. Si bien es cierto que las lesiones han condenado la temporada de la franquicia, Wiggins no ha aprovechado sus numerosos minutos para hacer mejor a un equipo que ha presentado la peor marca de la competición con tan solo 16 victorias y cuyo ratio ofensivo apenas varía indistintamente de la presencia o no del alero en la cancha. Además, su efectividad desde larga distancia es muy mejorable (31%) y presenta un mayor promedio de pérdidas de balón (2.2) que de asistencias (2.1) y robos (1.0).
A pesar de ello, su temporada ha sido notable y muy destacable aunque agridulce en el ámbito general de una camada de rookies que, por una razón u otra, no ha estado a la altura de las expectativas creadas en verano.