Independientemente de lo que suceda de aquí a final de campaña, lo que está claro es que el proceso de reconstrucción de Oklahoma City Thunder ha finalizado de forma satisfactoria y ahora es momento de competir, cada año con más garantías, en busca de la gloria. Traspasos, selecciones de Draft, ingeniería financiera y movimientos desde la gerencia han dado lugar a un grupo sólido de jugadores jóvenes repletos de ambición, talento y sentimiento colectivo, que se identifican con el equipo y con la ciudad y que prometen emociones fuertes.
Han sido capaces de reclutar a un base alto enormemente completo, contracultural y que puede hacer de todo en cancha, como es Josh Giddey, con un rookie de capacidades atléticas bestiales y talento ofensivo descomunal, Jalen Williams, así como la mejoría inexorable de un Shai Gilgeous-Alexander al que se puede considerar ya élite de la liga, por su habilidad anotadora y evolución en el juego. Si a todo esto le unimos un ensamblador defensivo como es Luguentz Dort la fórmula es más que prometedora.
Sin embargo, no nos podemos olvidar de la guinda, que no es un mero artificio, sino el auténtico diferencial: Chet Holmgren. La lesión en el pie derecho que le ha impedido debutar esta campaña puede haber provocado que su nombre se diluya en la nebulosa del olvido, pero resulta evidente que es un jugador llamado a hacer historia y que encajaría perfectamente en la idiosincrasia actual de la franquicia. Si este año pueden disputar la postemporada y adquirir experiencia, saldrán aún más reforzados de cara a próximos cursos. Algo grande se está gestando en Oklahoma City Thunder.