El talento no siempre es suficiente para hacer historia, por muy descomunal que sea. Luka Doncic debe cortar de raíz la espiral de malas decisiones en que está inmerso si no quiere ver cómo su carrera deportiva se ralentiza y su imagen se ve dañada.
Pasar de ser un joven entrañable que ama el baloncesto y transmite esa pasión con su manera de jugar, a ser percibido como un jugador bronco, protestón, maleducado con los árbitros e incluso, chulesco, es una transición difícil de hacer y dramática de asumir. Luka Doncic se encuentra inmerso de lleno en esa espiral, en la que ha entrado por sus permanentes malas decisiones, que no solo afectan a su imagen, sino también a su rendimiento deportivo.
Su manera de tratar a los árbitros y no ser capaz de controlar los nervios es un pecado repetido demasiadas veces y que resultó especialmente incomprensible al jugar con su selección. Además, Luka muestra una displicencia defensiva excesiva incluso para una estrella como él, a lo que se une el descuido en su físico. Mayor riesgo de lesiones es la consecuencia, como la que arrastra desde hace tiempo y que se niega a curar del todo, forzando la máquina en ataque, condicionando su equipo en defensa y poniendo en riesgo su físico.
Doncic juega con molestias, pasa de todo en defensa y fuerza demasiado en ataque
Ahora volverá a la NBA, donde es el gran responsable del devenir competitivo de unos Dallas Mavericks que necesitan arrancar la temporada con el esloveno a pleno rendimiento. Es un año clave para calibrar si el proyecto de los tejanos puede ofrecer a Luka Doncic la posibilidad de ganar el anillo, y si éste logra mejorar su gestión emocional y puntos débiles en el juego para convertirse en una auténtica estrella competitiva, y no solo numérica.