Los Golden State Warriors se adentran en la fase final de la era de Stephen Curry y Draymond Green. El equipo que Steve Kerr llevó a seis Finales de la NBA en la última década, con cuatro campeonatos conquistados, está lejos hoy de ser un aspirante real al título, algo lógico si se considera el paso del tiempo. Sin embargo, conviene recordar que fueron la última gran dinastía en una liga que ha entrado en una etapa de paridad absoluta: siete campeones distintos en las últimas siete temporadas.
Esa igualdad ha hecho la NBA más impredecible y entretenida, pero las dinastías siguen siendo la prueba definitiva de la excelencia. Ahí reside precisamente la grandeza de los Warriors: durante su reinado, parecía casi inevitable que llegaran a las Finales y levantaran el trofeo Larry O’Brien. En su mejor momento, fueron tan dominantes que incluso algunos los consideraban “aburridos”. Draymond Green reflexionó recientemente sobre aquella época de supremacía.
“Todo el mundo decía: ‘Ah, esto es aburrido, siempre ganan los mismos’, pero normalmente no aprecias algo hasta que ya no lo tienes. Creo que hubo una falta de reconocimiento hacia la grandeza”, explicó el cuatro veces campeón de la NBA. “Cuando miras la situación, la mayoría de la gente nunca ha alcanzado la grandeza. Así que quizá no comprendían lo que estaban viendo. Encontramos dos grandes equipos y jugamos de esa manera, y tal vez la gente no lo valoraba por una paliza o por una barrida. Pero deberían tener cuidado, porque creo que en ese momento estaban presenciando la grandeza.”
Green no exagera. Su impacto fue tan profundo que ayudó a transformar la NBA. La decisión de Kerr de utilizarlo como pívot en las formaciones de “small-ball” marcó un antes y un después en el baloncesto moderno. Los pívots tradicionales empezaron a desaparecer mientras más equipos intentaban copiar la fórmula de los Warriors: velocidad, movilidad y versatilidad. Con apenas 2,01 metros de altura, la capacidad de Green para defender cualquier posición, junto a su inteligencia táctica y visión de juego, convirtió a Golden State en el mejor equipo de su tiempo.
Recta final de su carrera
Doble campeón olímpico, cuatro veces All-Star y Mejor Defensor del Año en 2017, Green nunca destacó por sus estadísticas individuales. Fue el engranaje que permitió a Curry y Klay Thompson brillar sin balón, y más tarde facilitó la integración de Kevin Durant. Era el alma del sistema, un jugador decisivo en ambos lados de la cancha, el equivalente de los Warriors a Dennis Rodman.
Ahí también radica la esencia de aquella dinastía. En un momento dado, toda la liga quiso imitar el “small-ball”, rodeando a sus estrellas de tiradores y defensores versátiles, pero pocos contaban con las piezas adecuadas. Esa es la diferencia entre ganar una vez y dominar durante años. Los Warriors no solo conquistaron títulos: obligaron al resto a perseguir un modelo que nadie ha logrado replicar.