Parece mentira que aún tenga 23 años, pero la exigencia a la que se enfrenta Anthony Edwards esta última temporada responde al potencial mostrado, y no a su edad real. Le han dado las llaves de la ciudad y la marcha de Towns debe ser percibida por él como una máxima confianza en sus posibilidades de seguir creciendo en Minnesota Timberwolves.
Muchos creen que la gerencia de Minnesota Timberwolves ha dado un gran paso atrás en lo deportivo con la salida de Towns, pero lo cierto es que se antojaba inviable económicamente mantener el Big 3 con el que brillaron el pasado curso y que, en ocasiones, se ha mostrado incompatible. La confianza dada a Anthony Edwards es total, asumiendo que debe ser el jugador en torno al cual construir un proyecto ganador y creyendo que Gobert y una plantilla larga y talentosa, serán suficientes como para el equipo luche por objetivos importantes.
No hay duda de que es una de las grandes estrellas del futuro y que derrocha intangibles de campeón por todos los poros. Su voraz ambición competitiva debería verse incrementada con un traspaso que le otorga lugartenientes de mucha calidad y pone de manifiesto que es percibido como el hijo pródigo de Minnesota Timberwolves, una franquicia que jamás ha ganado un anillo y que confía en que Anthony Edwards sea el revulsivo definitivo para lograrlo.