Creo que estamos colocando a Nikola Jokic demasiado rápido en un escalón que todavía no le corresponde. Y ojo, eso no significa que no me parezca un jugador extraordinario, porque probablemente estemos viendo al pívot ofensivo más talentoso que ha pasado por la NBA. Pero una cosa es reconocer su genialidad y otra muy distinta sentarlo ya en la mesa de los cinco mejores interiores de todos los tiempos.
Vivimos en una época donde todo va demasiado deprisa. Cada temporada parece suficiente para declarar a alguien “histórico”, y tengo la sensación de que las estadísticas avanzadas han acelerado todavía más ese fenómeno. Hoy muchos debates se resuelven mirando números, eficiencia y triples-dobles, pero para mí el baloncesto siempre ha sido bastante más complejo que eso.
Yo crecí viendo —y enfrentándose entre sí— a jugadores que se definían tanto por lo que hacían en ataque como por el miedo que generaban en defensa. Antes, para entrar en la conversación de los más grandes, tenías que dominar ambos lados de la pista. No bastaba con anotar o repartir asistencias. Había una jerarquía muy clara y todos tenían que demostrar su grandeza enfrentándose constantemente a leyendas de su misma posición.
Por eso me cuesta tanto comparar directamente a Jokic con nombres como Kareem Abdul-Jabbar, Bill Russell, Wilt Chamberlain, Shaquille O'Neal o Hakeem Olajuwon. No porque Jokic no sea dominante, sino porque aquellos jugadores imponían su ley en ambos extremos de la cancha y lo hacían en una NBA donde los pívots se destrozaban noche tras noche en la pintura.
Jokic es único. Tiene visión de base, manos de escolta y una creatividad ofensiva irrepetible para alguien de su tamaño. Parece encontrar siempre la decisión correcta y su lectura del juego es seguramente la mejor que hemos visto en un interior. En ataque lo hace absolutamente todo. Puede anotar, generar, dirigir y controlar el ritmo de un partido entero.
Pero cuando hablamos de los mejores pívots de todos los tiempos, para mí la pregunta no puede quedarse únicamente en “¿qué hace ofensivamente?”. La verdadera cuestión es: ¿qué impacto tiene también atrás?
Y ahí es donde creo que existe una diferencia importante respecto a los grandes nombres históricos. Todos los integrantes de ese Top 5 fueron auténticas presencias defensivas. Cambiaban partidos desde la intimidación, la protección del aro o el dominio físico. Jokic, en cambio, nunca ha destacado por eso y muchas veces ha sido precisamente el punto vulnerable de Denver en determinadas eliminatorias.
De hecho, creo que hay un detalle revelador. Cuando Jokic se ha encontrado enfrente con interiores físicos y defensivamente dominantes, como Rudy Gobert, ha sufrido mucho más de lo habitual. Y si eso ocurre ante un gran defensor de esta era, cuesta no preguntarse qué habría pasado enfrentándose constantemente a monstruos como Shaq o Hakeem en su mejor momento.
Otro escalón histórico
Por eso, personalmente, todavía no lo coloco en ese escalón histórico. Para mí está en una categoría altísima, junto a leyendas como Moses Malone, David Robinson o Patrick Ewing. Eso ya es un nivel gigantesco. Pero entrar en la conversación definitiva de los cinco mejores pívots de siempre exige algo más que un talento ofensivo incomparable.
A veces parece que si alguien critica una parte del juego de Jokic automáticamente está menospreciando su carrera, y no es así. Se puede admirar profundamente su genialidad y al mismo tiempo pensar que todavía no ha alcanzado ese nivel histórico absoluto.
Porque al final, para sentarte en la mesa de los más grandes de todos los tiempos, no basta únicamente con dominar el ataque. La historia de la NBA siempre ha exigido mucho más que eso.