Rebosantes de talento, con una frescura apabullante y unos fundamentos técnicos asombrosos. Así se presentaron en la NBA dos jóvenes que parecían preparados para cambiar la competición y erigirse en consolidados All Star. Por mucho que se asomaran a la élite, han sido incapaces de legitimarse en ella y su declive es impresionante. Esta es la historia de Zach Lavine y Brandon Ingram.
De la ilusión a la cautela, de ahí a la necesidad de un cambio de aires para refrescar pilas, a la búsqueda de un entorno que sacara lo mejor de sí mismos y, por último, a la indiferencia. El devenir de Zach Lavine y Brandon Ingram ha sido muy similar en los últimos años, siendo percibidos como jugadores de gran talento que lo han desperdiciado por su falta de ambición y ética de trabajo para mejorar cada día, y por un déficit defensivo que no se han afanado en resolver.
Sacados al mercado con desesperación por parte de Chicago Bulls y New Orleans Pelicans, ambos llevan enfrascados mucho tiempo en rumores NBA, pero sus salidas no se han producido por un hecho tan claro como doloroso: no interesan a nadie. Ningún equipo quiere asumir el riesgo que supone pagar mucho a jugadores que están lejos de lo que prometían y que condicionan claramente el juego con sus virtudes y defectos. Su futuro pinta muy mal.